miércoles, 9 de marzo de 2011

Necronomicón


Para quien haya leído alguna vez a Lovecraft (1890-1937), aquel escritor que en sus cuentos habla de mundos oníricos, espectros nocturnos, posesiones psíquicas y de seres que viven más allá de los planetas y (como no) del tiempo. Le será a lo menos familiar la mención de un oculto libro en los albores de la historia, llamado Necronomicón.

En los últimos años son muchas las ediciones del Necronomicón que han sido publicadas. Me ha pasado el ponerme a buscar por Internet algún indicio de este libro, y ha sido amarga empresa, he encontrado, claro, pero son meras obras inconexas y entrecortadas, que juegan con palabras misceláneas para fascinar al ávido populacho que cree conocer, y solo acrecienta su ignorancia.

Ahora bien, me baso en un primer fragmento del prefacio escrito por Olaus Wormius en el año 1228, a manera explicativa pero por sobre todo introductoria, para este artículo.

“Como quiera que la obra conocida con el nombre griego de Ɲεκρονόμɩκoν, o, en letras latinas, Necronomicon, se ha vuelto rara y difícil de encontrar, y solo se consigue a gran precio, me pareció no desdeñable la labor de traducirla a la lengua latina; y no porque el libro ofreciera nada edificante ni porque aportara enseñanza moral alguna, ya que su contenido supera en maldad a todos los demás libros de la cristiandad, sino solamente por el motivo de que contiene sabiduría secreta que se perdería, sin duda alguna, si el libro pereciera roído por los gusanos o quemado en las hogueras de los censores, como parece probable que suceda a los pocos ejemplares que quedan en griego, y ello antes de que pase la generación de los que vivimos ahora en esta tierra; pues en los últimos tiempos, el clero reprueba este libro maldito como si lo hubiera escrito el propio Satanás”

Como denota el texto anterior, Olaus se sirvió de un manuscrito anteriormente escrito en griego, para crear su versión latina del Necronomicon, que llega hasta nuestros días.

Nos explica en su preludio que lo que pretende hacer al traducir el libro es exponer su naturaleza y relatar las circunstancias que rodearon la muerte del hombre que lo tradujo de su fuente, el escriba Teodoro Filetas:

“…para que su muerte sirva, por sí misma, de advertencia suficiente para los movidos por la curiosidad ociosa; pues esta obra solo es adecuada para los intelectos más profundos, desposados con Cristo en el Espíritu Santo, y corromperá a todos los que aspiran a aplicar su sabiduría arcana para fines bajos…”

Es una espada envenenada con belladona, nos dice Olaus, advirtiéndonos que hiere la mano que ose blandirla.

Volviendo al erudito Teodoro, al que llamaban el sabio, por su dedicación a la sabiduría arcana, cuenta que tradujo la obra a partir de un único ejemplar en letras arábigas que no pereció al paso de los tiempos (o los gusanos).

Wormius por otro lado, contó con material de mucha más calidad, y logró hacerse con tres manuscritos del texto griego sacando de todos ellos el que fuera el más fidedigno a la obra. El texto en latín entonces, se extrajo con extrema precaución de aquel manifiesto griego. Olaus nos dice al respecto:

“…a los que leéis estas palabras os aseguro que no se ha suprimido nada del texto original, ni tampoco se le ha añadido nada a modo de glosa; pues suele suceder que los copistas no se conforman con copiar, sino que se ven obligados a incluir sus propios comentarios en la obra, y por este motivo muchos manuscritos de este libro han quedado corrompidos con palabras desconocidas por su autor.”

Cerca del año 950, habiendo recorrido por Constantinopla la fama de la naturaleza de este libro, que no se había visto nunca en toda la cristiandad antes de su traducción al griego, el clero (como ya habrán de figurarse) y el pueblo de la ciudad sometieron a Filetas a tal persecución, que se vio en la necesidad de denunciar su obra como diabólica, pidiendo a un mismo tiempo (públicamente, claro), que Cristo perdonara su pecado, y acto seguido, quemó el pergamino que contenía su traducción. Este acto de ‘reivindicación’ logro apaciguar a los habitantes de la ciudad que dejaron de pedir su cabeza, más el libro no pereció en el fuego, se habían hecho otras copias que fueron multiplicadas por muchas plumas, todo en el más absoluto hermetismo, ya que muchos ansiaban poseer una obra tan extraña en naturaleza como aquella, aunque fuera por lejos dañina para el alma, y lo mismo, amigos míos, pasa en la modernidad.

Lo que le pasó a Teodoro Filetas, puede según se cuenta, sucederle a quien tenga en posesión esta obra y más si hace lo que ahí escrito está. Pero claro, las personas de hoy en día, no nos dejamos amedrentar por supersticiones tan antiguas.

Si gustan saber que le ocurrió a Filetas, pues; perdió sus tierras y con ello la riqueza, se revocaron sus honores en la corte del emperador y posteriormente en pobreza vio en solo un año, morir de peste a su esposa y sus tres hijos. Los escribas de la iglesia han escrito de él que los ángeles y Dios le dejaron como castigo por haber trasladado el Necronomicón a la lengua griega. Pudo haber sido eso, o, pudo ser el mismo clero tirando los arneses de su ‘buenaventura’.

Grande es el poder del libro sobre las almas de los pecadores, nos insiste Wormius. Solo puede usarlo el que no lo ama.


Del titulo

El título de esta obra, por lo general, suele interpretarse mal y ser pronunciado de manera errada por los que ignoran las raíces del griego.
Su nombre procede de νεκρός que significa ‘Cadáver’ y de νόμος que tiene el sentido de ‘Ley o costumbre’. Por tanto ‘Necronomicon’ se traduce correctamente como ‘Exposición de las costumbres de los muertos’ y lo que quiere decir es el arte de controlar y manipular a los muertos mediante la hechicería practicada sobre los cadáveres, aquello nos lanza inexorablemente sobre la ‘necromancia o nigromancia‘, lo que se define sencillamente como evocar a los muertos mediante técnicas adivinatorias para así obtener de ellos revelaciones sobre el futuro.
Todo esto se expone en el libro más por extenso que en cualquier otro, las costumbres de los muertos y otras cosas que solo ellos conocen; y los que tienen tratos con ellos.


Del Autor

El creador del Necronomicon, al que se le atribuye el pergamino en arábigo, nació en una casa humilde en la ciudad de Sana’a, Yemen (actual capital de la misma). Su apellido ha caído en el olvido, pero a él se le conoce universalmente como Abdul Alhazred, que en lengua árabe significa ‘el criado del devorador’. Tampoco se conoce la fecha de su nacimiento, pero se dice que su muerte tuvo lugar en el año del Señor de 738, momento en el que había alcanzado una vejez extrema.


Su niñez

En su infancia alcanzó fama por ser un fiel seguidor de las enseñanzas de Mahoma, como también por sus dotes en la oratoria.
Se cuenta que era hermoso de rostro, de piel notable por su blancura y de ojos oscuros. Alto y erguido de cuerpo, con gran elegancia de movimientos. De notable voz. Y cuando recitaba las palabras del profeta, los pájaros dejaban de cantar para escucharlo, y los zorros del desierto salían de su madriguera y se sentaban sobre los montículos para oír las enseñanzas de Dios.

El Rey de Yemen, habiendo oído hablar de aquel niño prodigio que vivía en los confines de su reino, lo hizo llamar a su corte cuando contaba él con doce años de edad. Lo cautivó tanto la belleza del joven que ofreció al padre de Alhazred quedarse con el muchacho y hacerlo educar por los mismos maestros que educaban a sus propios hijos. De esta manera, Alhazred se crió como los príncipes de la corte real y gozaba al mismo tiempo del amor del Rey, que era como un segundo padre para él. Lo único que se le pedía a cambio era que compusiera poesías para disfrute del Rey y sus concejeros


De su juventud y desventura

Cuando Alhazred tenía dieciocho años, se enamoró de una de las hijas de Rey, de haber contenido su pasión, es probable que el Rey le diera a su hija en matrimonio, pero el amor (como suele decirse) no conoce de límites en su flujo desenfrenado, y yacieron juntos, y la muchacha concibió un hijo.
El descubrimiento del caso despertó la furia del Rey, que mando a estrangular al niño en cuanto nació.
Alhazred fue castigado por su traición con la mutilación. Le cortaron el miembro viril, la nariz, las orejas y le marcaron las mejillas.
El fruto de su unión con la princesa fue espetado en un asador a vista de su padre, al que obligaron a comer los pedazos de su hijo recién nacido.
Posteriormente el Rey pidió a unos nómadas que lo llevaran al este, hacia las profundidades del desierto de Roba el Khaliyeh, donde lo abandonaron sin agua para que muriera.
Como si no fuese esto suficiente, el rey ordeno que todos bajo su reino le rehuyeran y no le prestasen ayuda, esperando que el pobre infeliz muriera, pero, él se aferró a su ahora, triste vida.


En el desierto

Vagó por el desierto durante quien sabe cuánto tiempo, teniendo por compañeros en el día a los alacranes y de noche, a los demonios que solo viven en esa tierra desolada y odiosa.

Esos espíritus de la oscuridad le enseñaron la necromancia y le ayudaron a alimentarse, mostrándole cuevas olvidadas para refugiarse y pozos muy hondos bajo la superficie de la tierra.
Renegó de su fe y empezó a rendir culto a titanes anteriores al Diluvio a los que adoraban los espíritus del desierto que eran sus guías y maestros.

Emprendió la desquiciada empresa de restaurar los miembros de su cuerpo, para poder regresar triunfal a Yemen y reclamar a la princesa como su esposa. Disfrazó su rostro mediante artes mágicas, de modo que su aspecto se convirtió en el de una persona normal, y abandonó el yermo para recorrer el mundo en su busca de la sabiduría arcana.

En Gizeh (Egipto), aprendió de un culto de sacerdotes paganos el modo de devolver la vida a los cadáveres y de hacer de hacer que obedecieran sus órdenes.
En caldea (Babilonia), alcanzó la perfección del arte de la astrología.
En Alejandría aprendió de los hebreos el conocimiento de lenguas olvidadas y el empleo de la voz para pronunciar palabras bárbaras de evocación.

Tras recorrer el mundo en busca de magia que le devolviese la virilidad, tuvo con amargo pesar, el aceptar que nada podía devolverle el miembro que había perdido, ni poción, hechizo u objeto de poder que hubiese descubierto en sus innumerables viajes.


En Damasco

Durante su vida, que fue como se ha mencionado muy larga en años y fructífera, vivió en Siria, en la ciudad de Damasco, con gran lujo y libertad para practicar sus artes y experimentos de necromancia.

En el último decenio de su vida, hacia el año del señor de 730; es cuando compone la obra a la que en un arrebato de humor loco puso por título Al Azif que quiere decir ‘el ruido de los insectos’ o ‘el zumbido de los escarabajos’, pero que fue universalmente traducido como ‘el aullido de los Demonios’ (por agregarle más dramatismo, quizá), ya que las personas de esa región confunde los ruidos del desierto con gritos de espíritus.


Del final de su vida

La forma de su muerte es extraña, y apenas sería creíble sino fuera porque no es más extraña que el resto de la historia de su vida.
Se cuenta que un día que, cuando Alhazred compraba vino en el mercado, se lo llevó por los aires una criatura invisible de gran fuerza, ya que le arrancó el tronco de la cabeza, los brazos y piernas; sin dejar muestra alguna de su existencia más que unas gotas de sangre en la arena. Así Abdul Alhazred se convirtió en su último tributo a los dioses oscuros que veneraba.


Para concluir

Un pequeño resumen de todo lo que he escrito, para una comprensión más completa de todo el texto. Adjunto igualmente un fragmento del prefacio de Wormius a modo de la consumación y final.

El sabio maldito, Abdul Alhazred, nacido en Yemen, quien encontró los perdidos arcanos en el terrible desierto de Roba el Khaliyeh junto a los tenebrosos e invisibles moradores de las arenas. Él llamó a su obra Al Azif, el ruido de los insectos, que fue llamado Necronomicón primero en griego y luego en latín, siendo esta la traducción griega del erudito Teodoro Filetas hecha en Constantinopla en el año 950, y posteriormente traducida al latín por Olaus Wormius en el año del señor de 1228.

“…En estas páginas se encuentran relaciones de las criaturas que viven más allá de las altas esferas; de ciudades perdidas y de otros lugares olvidados por la memoria de la humanidad; y, lo más pernicioso todavía, el modo de convocar las almas de los muertos, haciéndolas volver a su barro mortal, y de arrancarles, por medio de tormentos, los secretos que yacen ocultos en las raíces del mundo, en cuevas oscuras y bajo las profundidades de los mares.

Todo ello sería motivo suficiente para arrojar este libro a las profundidades del infierno, si no fuera porque las enseñanzas de esta obra malvada permiten controlar, de varios modos, a los seres de poder maligno que viven entre las estrellas y amenazan la continuidad misma de nuestra raza.

Guardad bajo llave y sujetas con cadenas todas las copias que se saquen de este texto latín. Que ningún lector revele su existencia a los ignorantes, incapaces de llevar una carga tan grave. Que sea maldita ante Dios y ante sus Ángeles el alma que aspire a practicar lo que está escrito en estas páginas, pues se condenará a si mismo con solo albergar la tentación de cometer un acto tan terrible de profanación. Más le valdría que le quemaran los ojos con carbones ardientes y que le cosieran los labios con hilo de lino, antes de que leyera en voz alta las palabras que se contienen en este libro, escritas en la lengua olvidada que nunca deben pronunciar los hijos de Adán, sino solo esos que no tienen boca y que viven en las sombras entre las estrellas.
Olaus Wormius

Fragmento del prefacio de la traducción latina del siglo XIII del Necronomicón.
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Fuente: Necronomicón; El libro Maldito de Alhazred. Donald Tyson, Editorial EDAF.

Lectura recomendada: La llamada de Cthulhu . H.P. Lovecraft.

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